El Feng Shui, como arte y filosofía, se basa
en el control o canalización de las diversas energías que nos rodean para, de
este modo, construir un entorno que proporcione al ser humano, bienestar,
equilibrio y salud.
En contra de lo que muchos creen, de esta filosofía no se desprende ningún
estilo concreto, ya sea en el terreno artístico o el arquitectónico. Todo lo
contrario, se trata simplemente de un código conceptual que permite, a través de
concepciones espaciales armónicas, la consecución de entornos energéticamente
equilibrados y positivos para ser habitados. Así, se trata de algo tremendamente
sutil y en absoluto decorativo.
Una de las aplicaciones en las que este concepto arquitectónico se está usando
de forma generalizada es en la construcción de edificios de oficinas. El motivo
de este éxito puede radicar en que las premisas del Feng Shui que tratan de
conseguir un espacio basado en la armonía, el aprovechamiento de energías
positivas y la búsqueda de un equilibrio pacificador –o una paz equilibrada,
según se mire- son valores muy tenidos en cuenta para la construcción de
espacios en los que después se vayan a emprender labores relacionadas con el
trabajo intelectual, aunque en los últimos años, la arquitectura que sigue los
consejos del Feng Shui se está extendiendo cada vez más.
La aplicación del Feng Shui en la concepción arquitectónica del espacio
preconiza, por ejemplo, el uso de formas redondeadas y suaves y, por
consiguiente, huir de esquinas y aristas que conformen formas rotundas o
angulosas; también desaconsejan colocar objetos demasiado grandes ante la puerta
de entrada, puesto que dificultan el acceso de energías positivas al interior
del habitáculo; se establece también la necesidad de limpieza y orden en el
edificio, como medio de conseguir que la energía fluya con libertad; aporta todo
un código cromático para el uso de ciertos colores determinados según cada
habitación y el uso que se le vaya a dar… y así, un largo etcétera.