La sexualidad sagrada estuvo presente en la mayoría de las
antiguas civilizaciones, y también en la del Indo, en la que esta práctica se
asoció con la veneración a la Gran Diosa. Diversas excavaciones arqueológicas
han hallado numerosas figuras de terracota de mujeres desnudas, consideradas
representaciones de la Gran Diosa, Madre. Alguna de estas estatuillas tienen
tocados muy elaborados y se supone que se utilizaban como objetos de culto en
santuarios domésticos.
En las excavaciones realizadas en las ciudades de Mohenjo Daro y Harappa se
encontraron miles de moldes de sellos de esteatita. Uno de ellos representa la
sorprendente imagen invertida de una mujer que da a luz una planta, un motivo de
fertilidad que se asocia con la Gran Diosa de la era Neolítica. Otro de los
sellos muestra una figura femenina de largos cabellos, parada entre dos ramas de
una planta muy estilizada, con otra figura arrodillada delante de ella. Ambas
lucen cuernos, y sugieren una dimensión divina o sagrada.
El texto Devi-Mahatmya, Gloria de la Diosa, que es una de las partes del
Markandeya-Purana del siglo IV de nuestra era, incluye un versículo en el que la
Diosa dice que sostiene al mundo con plantas que mantienen la vida, que crecen
de su cuerpo. Es muy probable que una de las divinidades hindúes, la Diosa
Annapurna, Totalidad de Alimento, derive directamente de la Diosa Madre del
Valle del Indo.
Los hallazgos arqueológicos de Harappa incluyen también muchos objetos de forma
cónica, que se consideran representaciones del falo (linga). Asimismo, piedras
con formas de anillo parecen representar el órgano femenino (yoni). Estos
hallazgos permiten establecer una notable continuidad del motivo linga-yoni en
la civilización hindú, y su invariable simbolismo sexual y de fertilidad que se
remonta al periodo Neolítico.
Existen numerosas conexiones entre el hinduismo y la cultura tribal de los
invasores de las estepas rusas, quienes eran portadores de un importante
compendio de conocimientos, plasmado en las escrituras sánscritas más antiguas:
los cuatro Vedas. Recordemos que antes de esto, la tradición tántrica escribía
en una lengua de la rama dravídica, que nada tiene que ver con las lenguas
indoarias, cuyo reprentante más importante es el sánscrito, de la cual deriva el
latín. Un representante actual de esa gran familia de lenguas dravídicas lo
encontramos en el tamil, lengua que en la actualidad se habla en la provincia
del sur de India, Tamil Nadu.
Mientras que el hinduismo más corriente y difundido muestra una clara tendencia
hacia el puritanismo y el ascetismo, que rechaza el gozo vital, la cultura de
las tribus védicas y prevédicas de antes del 1.500 a.C. exaltaba la vida y
mostraba una actitud positiva y favorable al sexo. Este puritanismo se reforzó
con las invasiones primero del Catolicismo, posteriormente del Islamismo y
finalmente con el Anglicanismo y puritanismo victoriano. Y recordemos que
siempre que se reprime alguna cosa, siempre que hay puritanismo, después a
escondidas, se hacen las mayores barbaridades provocadas por mentes ignorantes y
calenturientas. Recordemos las mentes calenturientas de la Santa Inquisición.
Estas tribus védicas y prevédicas gustaban de la danza, la música y el juego, y
no se oponían de ningún modo a la ebriedad, además oraban para alcanzar cien
años de vida en la Tierra, fecundar muchos hijos y tener mucho ganado (por
tanto, eran nómadas). En los himnos védicos es posible encontar numerosas
exaltaciones de la actividad sexual, que en muchos casos poseen carácter
simbólico, pero en muchos otros deben interpretarse literalmente.
Para las tribus védicas y prevédicas, el cosmos estaba formado por dos elementos
principales: el masculino y el femenino. Veían a todo el universo dispuesto en
parejas sexuales sagradas.
Esta era la clave de la producción natural y de la germinación que producía la
lluvia. Para activar el sexo cósmico cuando lo necesitaban, o para asegurar que
las parejas cósmicas no los defraudarían, crearon rituales en los que el sexo se
imitaba con acción o hechizo oral.
El erotismo cósmico es la fuente de la sexualidad sagrada. La unión de las
divinidades Padre y Madre, o hija, se llamaba mithuna, que es la forma original
del término maithuna. Ambas palabras provienen de la raíz mith, que posee un
significado doble: asociar con y estar en conflicto con, un detalle ciertamente
significativo. Las dos palabras significan, por tanto, acoplamiento en general y
unión sexual en particular.
La sexualidad sagrada tenía un importe papel en los antiguos rituales védicos y
prevédicos. Para un Brahman devoto, todo contacto sexual con su esposa debía
adoptar la forma de rito sagrado.
En el Brihad-Aranyaka-Upanishad, una escritura metafísica del siglo VIII o IX
a.C. relata la siguiente ceremonia sexual:
La esencia del hombre (purushna) es el semen. Para proporcionar una base sólida
para el hombre, el Creador Prajapati modeló una mujer. Cuando terminó, la veneró
abajo. La vagina es el altar; el vello púbico es el pasto de sacrificio con el
cual se enciende el fuejo; los labios son el fuego de sacrifico.
Aquel que conoce este secreto comparte el gran mundo del Creador. Pero, aquel
que practica el sexo sin saberlo pierde su semen su mérito a la mujer. Cuando se
derrama aunque sea una diminuta cantidad de semen, debe reclamarlo y, con ello,
su fuerza y su resplandor. Debe recogerlo con el dedo, y con el pulgar, frotarlo
en su propio pecho y frente, mientras se recita:
En mí, ¡sé vigor, poder, belleza, riqueza y mérito!
El hombre debe acercarse a su Diosa, su mujer, después de su menstruación. Si
ella rechaza sus avances, debe seducirla, adorarla y besarla con el mayor de las
devociones y AMOR. Es su Diosa, eso nunca debe olvidarlo, debe tratarla como tal
... mientras recita el hechizo mágico:
Con poder y gloria, ¡venero tu gloria!
Sin embargo, si ella se le ofrece para complacerlo, debe recitar el siguiente
mantra:
Con poder y gloria, ¡te doy gloria!
De esta manera, los dos se llenan de gloria.
Después de penetrarla y unir boca con boca, debe recitar un verso, para que la
mujer esté completamente absorta y entregada a su amado. Si no es el destino que
la mujer conciba, el debe decir:
Con poder, con semen, ¡reclamo el semen de ti!
Pero si está destinada a concebir, debe decir:
¡Deposito el semen en ti!
En el segundo caso, debe separar las piernas de ella y decir:
¡Separados en cielo y tierra!
Este revelador pasaje de autor anónimo ofrece recetas mágicas para proporcionar
fertilidad al útero con la invocación de las diferentes deidades. Pero si no hay
una perfecta unión, pasión, fusión y amor entre ambos no funcionará. Recordemos
que si no hay una meditación profunda, los mantras no funcionarán, serán tan
solo meras frasecitas bonitas.
Este es un texto védico, por tanto partiarcal, donde se ve la importancia de la
fecundación y la obsesión de estos tántricos védicos por ella. Los tántricos
prevédicos no le daban tanta importancia a esto, preferián entregarse a la
pasión para que ésta les condujera a la Gran Diosa.
Los tántricos prevédicos, matriarcales, valorabán la entrega activa de su mujer,
hasta el punto de honrarla y venerarla como una Diosa. Para ellas complacer a su
amado era el camino directo para sentarse a la derecha de la Gran Diosa, Madre,
también una forma de honrar y respetar a su amado. Los patriarcales tántricos
védicos consideraban, como toda religión patriarcal, que si su esposa no se
entregaba a ellos, era eso motivo de desobediencia. Ellos consideraban que era
obligación de la mujer entrellarse activamente a ellos. Aquí empezó el complejo
de inferioridad del hombre ... Inferioridad e ignorancia se encuentran unidas en
la tradición védica.
En la tradición tántrica prevédica la participación voluntaria y activa de la
mujer en el maithuna era algo más que sagrado. Es por ello que en esa época
existian muchísmas mujeres yôgis que eran las iniciadoras y maestras de esta
tradición. Con la invasión de los arios, la imposición de los Vedas, y el
sistema de castas, la mujer fué discriminada y reducida a la última y más baja
de las castas.
La teología tántrica prevédica otorgó a lo femenino un sitio equivalente a lo
masculino. La mujer era considerada como la encarnación del principio femenino
más elevado, la Diosa, mucho más accesible que Dios, el principio masculino.