El esoterismo no posee un vocabulario
especial, pues teniéndolo no sería ya esoterismo, pero le da un significado
especial a términos que saca de otras disciplinas.
Esos medios de expresión datan de la época en que quedaron fijados. Por lo
tanto, debemos preguntarnos a qué concepto del mundo correspondían en el
espíritu de los contemporáneos y en la ciencia de los tiempos antiguos.
Más allá de la naturaleza visible y sensible, los pensadores de la Antigüedad
clásica reconocían la existencia de una realidad superior habitada por energías
invisibles.
Partiendo del hombre que, naturalmente, colocaban en el centro del cosmos,
habían dividido el universo en un ternario de manifestaciones que comprendía un
plano material, un plano psíquico y un plano espiritual, en una jerarquía que
durante largo tiempo fue la base de la enseñanza medieval.
El lugar central dado al hombre en el cosmos se explica por la identidad de los
elementos que componen igualmente uno y otro. Los pitagóricos enseñaban que el
hombre es en sí un pequeño mundo, un microcosmos, doctrina adaptada por Platón,
que llegó hasta los pensadores de la Edad Media.
Esta analogía armoniosa que une el mundo y el hombre, el macrocosmos y el
microcosmos ha permitido a tales pensadores distinguir en el hombre tres formas
de existir. Al mundo o plano material le corresponde su cuerpo, al plano
psíquico el alma y al plano espiritual su espíritu.
Esta división tripartita dio nacimiento a tres disciplinas: la ciencia de la
naturaleza o física, la ciencia del alma o psicología y la ciencia del espíritu
o metafísica, así llamada porque su dominio se extiende más allá de la física, o
sea la naturaleza.
Observemos que el espíritu no es una facultad individual sino universal que está
unida a los estados superiores del ser.
Esta división ternaria en espíritu, alma y cuerpo físico, hoy día insólita, era
común a todas las doctrinas tradicionales, aunque los límites respectivos de sus
dominios no coincidieran siempre con exactitud.
Se halla en la tradición hindú y en la china. La tradición judía formula
explícitamente esta tripartición al comienzo del Génesis, donde el alma viviente
está representada como el resultado de la unión del cuerpo con el soplo del
espíritu.
Platón la adoptó y tras él los filósofos latinos tradujeron las tres palabras
griegas, noûs, psyché y soma por los tres equivalentes: spiritus, anima y
corpus.
La tradición cristiana heredó esta tripartición inscrita por Juan al comienzo de
su Evangelio, fuente del esoterismo cristiano, pues el ternario Verburn, Lux y
Vita, que enumera, es exactamente, término a término, el de los tres mundos:
espiritual, psíquico y corporal, caracterizando la luz el estado psíquico o
sutil, que es el de todas las teofanías.
San Ireneo distingue claramente la misma división en su tratado de la
Resurrección:
Hay tres principios del hombre: cuerpo, alma y espíritu. El que salva y que
forma, es el espíritu. El que está unido y formado, es el cuerpo. Y un
intermediario entre los dos, es el alma. Esta a veces sigue al espíritu y se
halla elevada por él. A veces, asimismo, desciende al cuerpo y baja hacia los
apetitos terrenales.
Sin embargo, para rehuir el peligro de prestar al alma un elemento sutilmente
corporal, como hizo Platón, los doctores cristianos terminaron por aproximar
tanto el alma al espíritu que acabaron por confundirlos.
Lo cual terminó en el famoso dualismo del alma y el cuerpo, al mismo tiempo que
en la confusión de lo psíquico con lo espiritual, entre los cuales en nuestra
época no se ve la menor diferencia. Sin embargo, si el alma es la medidora entre
las partes inferior y superior del ser, es necesario que exista entre ellas una
comunidad natural.
Por esto, San Agustín y San Buenaventura suponían al alma un cuerpo sutil,
siguiendo una doctrina tradicional que Santo Tomás descartó por miedo a
materializar el alma.
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