La Escuela del Bagua, como la Escuela de la
Brújula, parte de determinados símbolos de la filosofía china, pero a diferencia
de esta última, el Bagua incorpora simbología de nuestra civilización
occidental. Por ejemplo, izquierda y derecha tienen distinta significación y el
centro es el lugar del que parten todas las cosas.
Para que las curas Bagua sean realmente efectivas, debemos concebir la vivienda,
y cada una de las habitaciones, como si de un ser vivo se tratara.
Movemos nuestras manos de una forma distinta a como movemos nuestros pies.
Usamos nuestros ojos de un modo distinto a como utilizamos nuestra nariz. Cada
una de las partes de nuestro cuerpo tiene una función específica, y reaccionamos
con ellas en función de nuestras emociones. Abrazamos con ternura o golpeamos
con ira. Para ambas expresiones usamos las manos y los brazos, pero lo hacemos
de distinto modo.
Una casa o una habitación puede ayudarnos a expresar, o incluso potenciar,
cualquiera de nuestras emociones, siempre y cuando aprendamos a usar sus
parcelas de forma adecuada.
En el Bagua chino, el centro es el Yo y, girando en el sentido de las agujas del
reloj, cada uno de los lados del octógono se refieren a los distintos
componentes de la vida: fama, matrimonio, hijos, personas allegadas, carrera
profesional, conocimiento, familia y riqueza.
Estas facetas de la vida son muy apreciadas por la cultura china, y también por
la cultura occidental; pero, quizá, algunos de estos valores deberíamos
matizarlos para poder aplicarlos de forma óptima a nuestras viviendas actuales.
En el Bagua occidental el centro es la salud, y cada uno de los lados del
octógono se relaciona con aspectos como el futuro, las relaciones personales,
las descendencia, la solidaridad, el Yo, la sabiduría, la ciudadanía y la
energía personal. Además de incorporar la significación que en Occidente tiene
la izquierda y la derecha.
La izquierda está asociada a lo laborioso, a aquello que requiere organización y
esfuerzo para conseguir un fin, al pensamiento filosófico crítico, etcétera. La
derecha, por el contrario, se asocia a lo natural, a lo impulsivo, a aquello que
se hace casi sin querer, de forma intuitiva.
En realidad, todo esto se debe al funcionamiento de nuestro cerebro. Usamos sus
dos hemisferios para funciones diferentes: el derecho rige las emociones, los
conceptos abstractos –la creación artística; el izquierdo, organiza los
conocimientos y los estructura, un arquitecto es un creador artístico que debe
manejar los dos hemisferios par llevar a cabo su obra.
Desde esta premisa se desprende que lo natural es que ubiquemos en el lado
derecho de la habitación aquello que es importante para nuestra vida emocional;
y, en el izquierdo, todo lo relacionado con las cuestiones prácticas del día a
día.
La izquierda en una habitación es lo que al entrar en ella queda a nuestra
izquierda y, derecha, lo que queda a la derecha.
El Bagua queda configurado del siguiente modo, como nuestra propia concepción
del mundo:
Emocionales, son todos aquellos aspectos de la vida en los que se implican las
relaciones personales, los hijos y nuestra capacidad de ser compasivos y
solidarios con los demás.
Prácticos, aquellos en los que debemos poner a trabajar nuestros conocimientos y
sabiduría, el desgaste energético que la actividad física produce y nuestra
actividad dentro de la comunidad a la que pertenecemos.
Justo, en medio de lo emocional y lo práctico está el Yo; y, frente a él, el
futuro; el lugar hacia el que se encamina, con fuerza y seguridad, la salud
cuando es capaz de mantener su centro neurálgico en un estado óptimo.
¿Dónde está el centro? ¿Y el futuro?
Una habitación con su centro vacío es un espacio que invita a marcharse. El Feng
Shui enseña que una casa o una habitación sin centro es un cuerpo sin corazón;
que la gravedad –la atracción- que ejerce el centro de un espacio es
responsable, en gran medida, de que las personas que lo comparten (familia,
grupo de trabajo...) se mantengan en una órbita equilibrada los unos respecto a
los otros.
El centro de nuestras vidas gira en torno a nuestra salud y nuestro Yo: nuestro
bienestar físico y emocional. Es por esta razón que el Bagua considera que el
centro de una casa, y el de una habitación, debe reflejar una salud rebosante.
Para que esto sea posible debemos procurar que las actividades desarrolladas
dentro de las habitaciones se hagan en el corazón de las mismas; pero, del mismo
modo que nuestro corazón no está en el centro exacto de nuestro cuerpo, el punto
central de una habitación no tiene por qué ser su centro geométrico, sino el
espacio o zona en el que se posa nuestra mirada la primera vez que entramos en
ella.
Una vez localizado este punto, sólo es cuestión de que en él se desenvuelvan las
actividades vitales a las que ha sido destinada la habitación; sin olvidar, y
esto es importante, que la confusión y el desorden acaban por reflejarse en
nuestras vidas, haciéndolas caóticas y frenéticas.
El futuro está lejos, es soñado, lleno de proyectos y deseos, de metas a
conquistar; por eso, debemos ubicarlo en la parte más alejada de la habitación,
la más distante de la puerta; y, para representarlo, nada mejor que algo
estimulante, algo que nos recuerde que está ahí esperándonos. Cada uno de
nosotros tiene su manera de recordar lo que considera importante, quizá una
promesa hecha a alguien se renueve en nuestra memoria con una imagen de dicha
persona; o, tal vez, un objeto nos ayude a no olvidar un deseo aún por cumplir.
Cualquier cosa que permita soñar y proyectarse más allá del simple presente,
debe situarse en ese punto de la habitación: en el punto que se abre al futuro.
Las relaciones personales
Nuestras relaciones son cada vez más amplias y abarcan más aspectos de nuestra
emotividad. Antes, las relaciones íntimas que repercutían, de forma positiva y
válida, en el marco de la vida emocional, se circunscribían, prácticamente, al
ámbito del matrimonio; pero, las costumbres y la moralidad han ido cambiando, y
ya no es objeto de censura una vida íntima alejada del matrimonio tradicional.
El Bagua también lo entiende de esta manera. La mayoría de nosotros buscamos en
las relaciones personales e íntimas, dar satisfacción a nuestra búsqueda de la
paz y la felicidad. El gesto que mejor define esa aproximación amistosa entre
dos desconocidos es el saludo, la entrega de la mano derecha como muestra de la
falta de deseo de agresión. En el lado derecho de la habitación, en el lugar más
alejado de la puerta, es donde debemos situar el rincón de la amistad; el foco
donde dar vida a nuestras relaciones personales. Y para ello, debemos activarlo
con objetos que mejores el chi, que faciliten la actividad y la comunicación:
plantas, espejos, luz, objetos de madera, jarrones de barro, flores, peces... Y,
si el espacio no da para mucho, algo que invite a la dualidad: dos flores, dos
figuras.
La descendencia
En la especie humana, el Yo desea prevalecer, proyectarse más allá de sus
propias limitaciones de tiempo y espacio; esa es la motivación metafísica que
nos impulsa a tener descendencia.
La explicación científica es algo más prosaica; está relacionada con la
necesidad innata a todos los seres vivos de repetir el material genético. Esta
necesidad genética genera un rasgo que no posee ninguna otra especie: el deseo
de proteger a nuestros vástagos más allá de su maduración como individuos; una
conexión emocional que dura tanto como nuestra propia vida.
Todo aquello que se relacione con esa proyección más allá de nuestras
limitaciones físicas (retratos de familiares, objetos que nos recuerden la
existencia de una descendencia –propia o ajena- etcétera) deben ocupar el
espacio dedicado a la descendencia.
Hemos oído alguna vez de personas que al fallecer legan sus libros o bibliotecas
públicas para que puedan ser utilizados por otros; podemos usar una librería
para llenar ese espacio.
La solidaridad
Muy a menudo asociamos el contenido de esta palabra a las grandes causas, a los
grandes gestos para con aquellos más necesitados y que, siempre, o casi siempre,
responden a rostros de personas desconocidas y lejanas. Pero ¿qué pasa con los
desconocidos cercanos? ¿Somos solidarios con ellos?
En todas nuestras habitaciones debe existir lo que en el Feng Shui tradicional
se llama el rincón de la gente amable, un espacio que dé seguridad a aquél que
entra por primera vez, que permita a los desconocidos sentir que no están en un
territorio hostil.
La Escuela del Bagua entiende que si cuidamos de los otros, los otros también
nos cuidarán. Se trata, básicamente, de proporcionar apoyo emocional a aquellos
que entran en nuestro mundo. Un mueble robusto y sólido que llegue a la altura
del pecho es lo más adecuado para esta zona de la habitación. También hay que
procurar que no tenga demasiada luz. Tanto el mueble, como la escasez de
iluminación, permiten al recién llegado no ser el foco de atención, le dan
tiempo a observar sin sentirse observados; le conceden ese margen de confianza
que colaborará a que nos beneficiemos mutuamente de la relación.
El Yo
Es el umbral de acceso a la casa que es el individuo. Todas las casas, y todas
sus habitaciones, poseen un umbral, una puerta de acceso a la realidad que
contienen.
La perspectiva que el Yo nos proporciona es la que nos ayuda a entender las
dimensiones de cuanto hacemos y sentimos. Todos aquellos que han vivido su
infancia en una ciudad distinta de la que es su actual lugar de residencia,
cuando vuelven al territorio de sus hazañas infantiles, tienen la sensación de
entrar en una casa de muñecas: todo se ha reducido, las distancias son más
cortas, los edificios más bajos, y, las fuentes en las que veían el mar, ahora,
son pocos más que charcos. Su Yo, tiene otra perspectiva.
Es posible que el acceso al edificio en el que se encuentra nuestro hogar
podamos hacerlo desde el garaje o desde cualquier otra entrada que no sea la
principal; pero no hemos de olvidar que esa entrada principal es el Yo del
edificio.
Del mismo modo que la puerta de entrada a nuestra casa simboliza el Yo de
nuestro hogar, las puertas de cada una de las habitaciones representan el Yo de
estas estancias.
Al sobreponer el Bagua en el plano de nuestra casa, o de cualquiera de sus
dependencias, el Yo debe coincidir con ese umbral; con esa puerta abierta a la
experiencia, a la perspectiva que nos va a ayudar a entender sus dimensiones.
Esa entrada debe permanecer limpia y despejada; que no tengamos que hacer
demasiadas filigranas para poder pasar al interior. Lo ideal es que, al abrirse
la puerta, ésta quede pegada a la pared, concediéndonos una panorámica sin
obstáculos, nítida, de cuanto la habitación es, y contiene.
Por supuesto, los interruptores de la luz, que nos van a permitir iluminar dicho
espacio, deben estar también en la entrada, y en un lugar fácilmente accesible.
Es aconsejable colocar en la habitación algo del elemento tierra que sea de
fácil visualización; ello nos ayudará a sentir que pertenecemos a ese espacio, a
enraizarnos en él; a formar parte de su paisaje.
La sabiduría
El conocimiento es lo que nos permite hacer con éxito el tránsito por la vida.
Una mezcla de experiencia y reflexión introspectiva que nos facilita una mejor
comprensión de nuestra realidad y de nosotros mismos.
El Feng Shui tradicional asigna una parte de la habitación a la sabiduría; es
decir, a la adquisición de información y experiencia. La vida moderna es mucho
más compleja que cuando el Feng Shui se afianzó como un arte que ayudaba a
desenvolverse a lo largo de la existencia; por eso, el Bagua ha optado por un
concepto mucho más complejo que el conocimiento, la sabiduría.
En el espacio que en una habitación dedicaremos a ella, es importante acomodar
herramientas de aprendizaje, todo aquello que pueda proporcionar conocimiento e
información (libros, revistas, periódicos...).
También sería adecuado colocar una silla o un sillón cómodos que nos permita
reflexionar a solas sobre lo aprendido.
Los objetos de metal representan la firmeza de las convicciones, de los procesos
mentales; deberíamos colocar algún componente de este material.
Y, por supuesto, algún elemento agua; algo que defina nuestra determinación de
seguir adelante por el cauce del conocimiento, hasta alcanzar la sabiduría.
La ciudadanía
Es un ejercicio más complejo de lo que pueda parecer a primera vista. Las
relaciones que establecemos con los elementos que facilitan nuestra
supervivencia dentro de una ciudad, y con los individuos que la pueblan,
requiere, en primer lugar, entender que ese ámbito es, tan sólo, un espacio
familiar más amplio. Las escuelas, las normas de circulación, las ordenanzas
municipales no son más que pactos que establecemos con la ciudad y sus
habitantes del mismo modo que los establecemos con quienes compartimos nuestra
casa cuando nos comprometemos a mantener la casa limpia, comer a horas
determinadas y no hacer ruido a la hora de dormir.
Según el Tao, honrar a la comunidad como un segundo nivel de familia, es un
deber. De acuerdo con el sentido común occidental, no hacerlo significa quedarse
solo y aislado; sin ninguno de los beneficios que esas obligaciones nos
proporcionan (calles asfaltadas, parques públicos, etcétera).
El metal es el elemento adecuado para potenciar esa parte de la habitación. Este
material se forma al absorber el contenido de la tierra; el ciudadano al
nutrirse de lo que la comunidad le proporciona. El metal depende, para su
formación, de lo que la tierra contiene aunque luego posea vida independiente;
eso si, sin dejar de estar cobijado en el interior de ella. La comunidad
contiene los ingredientes que conforman al ciudadano, pero éste tiene una vida
independiente a pesar de ser partícipe en ella.
La energía personal
Es el cimiento sobre el que edificar nuestra búsqueda de la felicidad. El Feng
Shui tradicional centra su atención en los negocios y la riqueza; algo que las
culturas orientales tienen en gran estima. Una vez más, también la cultura
occidental maneja esos valores, pero hemos llegado a entender que riqueza no es
solamente aquello que tiene que ver con las posesiones materiales. Las
verdaderas satisfacciones, aquellas que nos hacen sentir ricos vitalmente, son
las que provienen de nuestra energía personal; de lo que somos capaces de
construir siendo aquello que podemos y sabemos ser.
La energía personal está íntimamente ligada a nuestras relaciones personales.
Esta afirmación tiene su razón de ser ante la disyuntiva de ubicar el rincón de
la energía en una habitación.
Si se accede a ella por una puerta central, el rincón de la energía debe ser el
más alejado de la puerta en el lado izquierdo; y, el de las relaciones
personales, frente a él, en el lado derecho.
Pero, si el acceso a la habitación se hace desde una puerta situada en el lado
derecho o en el lado izquierdo, el espacio que abarcamos con la vista se
encuentra comprometido por falta de intimidad; por lo tanto, en ambos casos, el
rincón más alejado de la puerta (el izquierdo si la puerta es derecha; el
derecho si la puerta es izquierda) será el espacio dedicado a la energía y a las
relaciones personales.
Para que el rincón de la energía funcione de una forma óptima hay que mantenerlo
tan limpio y ordenado como el centro de la habitación. No estaría de más colocar
objetos (luces brillantes, mesas de madera, un armario bajo, colores vivos...)
que nos recuerden el potencial que poseemos, algo que nos ayude a evocar algunas
de nuestras propias hazañas o satisfacciones: aquella carrera que ganamos en el
colegio, o la participación en la última maratón que convocó el ayuntamiento de
nuestra ciudad o en la manifestación contra el vertido de residuos tóxicos,
etcétera
Jamás debemos poner un espejo, el reflejo de nuestra imagen casi siempre nos
lleva a reflexiones autocríticas que nos apartan del objetivo a seguir. La
concentración en aquello que deseamos hacer debe ser la razón de la existencia
del rincón de la energía personal-
Como hemos visto, debemos elegir con cuidado los objetos que vamos a colocar en
una habitación, distribuyéndolos de modo y manera que abarquen todas las facetas
y expectativas de nuestra existencia. Hay que asegurar que la función a la que
hemos destinado cada dependencia de la casa funcione con la perfección de un
mecanismo de relojería.
El foco central de una habitación debe ser el lugar donde tomar impulso, donde
recoger los estímulos que nos inviten a dar lo mejor de nosotros mismos. Una
vida sana es el reflejo de cómo estamos viviendo; de cuál es nuestro estilo de
vida.